La noche del sábado al domingo 30 de octubre de 2011, a las 3.00 de la mañana se atrasó el reloj una hora, ganando una hora más. El cambio de hora permite ganar más luz por la mañana, pero puede provocar pequeños inconvenientes en el organismo, puede modificar el ritmo de sueño-vigilia y puede resultar un poco difícil para los niños, por lo que a continuación te ofrecemos algunas recomendaciones para habituar a los más pequeños.
Llega el otoño y con ella, el cambio de hora. Esta medida encaminada a ahorrar energía, permitiendo ajustar las horas de trabajo a las horas en las que hay luz. Se trata de una medida que aproximadamente ayudará ahorrar una media de un 5% de energía en el hogar.
El cambio de hora puede provocar dificultades para dormir, irritabilidad e inapetencia. Esta medida ayuda a ganar una hora de sueño, pero afecta a los horarios de las comidas del día siguiente y en adelante. Este cambio se puede notar a la hora de madrugar y como bien decíamos en las comidas, ya que puede que el niño no tenga hambre al adelantarse su horario, provocando inapetencia, y mal humor. Este trastorno puede prolongarse durante una o dos semanas, especialmente en los más pequeños de la casa.
Con el cambio de hora por la tarde oscurece antes. Esto puede ser algo positivo para los niños que tienen menos estímulos para estar en la calle teniendo menos planes de ocio, ya que la oscuridad invita a estar en casa. Los niños se centran más en el curso académico y los planes de ocio y diversión se realizan el fin de semana.
En definitiva, no hay que alarmarse con estos pequeños trastornos, poco a poco en los días siguientes al cambio de hora el niño recupera el ritmo, pero eso sí, los horarios de las comidas y del sueño deben variar de forma gradual. Lo ideal sería empezar unos días antes. Una de las razones de esta habituación gradual es que los niños de hoy, duermen una media de dos o tres horas menos que los de hace 30 años, por lo que también están aumentando los trastornos relacionados con esta privación de horas de sueño como la concentración y el nerviosismo. Hay que tener en cuenta que uno de cada tres niños de entre cero y tres años sufre dificultades para dormir, con la consiguiente repercusión en la calidad del sueño de toda la familia.